por Gisela Leal
Pronósticos. Probabilidades. Posibilidades. Casualidades. Causalidades. Pienso en ellos. Son bastantes. Demasiados. Un chingo, diría yo, los necesarios para tenerte leyendo esto, esta noche, aquí, vistiendo un incómodo smoking o cuestionando si este vestido fue la decisión correcta, en si habría sido mejor traer el pelo recogido, si es mera mala suerte tuya o que el cosmos se empeña en que sólo a ti te pasen este tipo de cosas -el que haya cinco vestidos iguales al tuyo y dos de ellos estén sentados en tu misma mesa-, en si te vas a permitir llorar en el vals o si sacrificarás el deleite de tus emociones en pro de la vanidad. Pienso en la infinidad de elementos que tuvieron que ser orquestados con una sincronía magistral para que estés aquí y ahora, compartiendo este espacio, inhalando el dióxido de carbono desechado por pulmones extraños y reencontrándote con rostros un día conocidos pero que ya no forman parte de tu vida, enfrentando la desafortunada situación de tener que participar en esa intimidante actividad conocida como small talk con individuos que un día supieron todo de ti y ahora difícilmente recuerdan el nombre de tus padres, esos mismos que un día fueron sus suegros, y entonces terminas enterándote de que tu high school sweetheart ya tiene dos bebés, que estuvo a punto de no venir porque quien los iba a cuidar les canceló apenas hace una hora, que, después de ti, se cambió dos veces de carrera, que estuvo a punto de casarse con la persona incorrecta, que el amor de su vida es de Dinamarca, que se conocieron en un simposium internacional de Google, que viven en Birmingham –wherever the fuck that is- y que le da mucho gusto volver a verte después de- ¿Cuántos? ¿Diez? ¿Doce años? ¿Te acuerdas?, te dice, mientras lo único en lo que piensas es en que el que te cortara sin piedad alguna el verano del dos mil ocho fue lo mejor que te pudo haber pasado en la vida. Porque tú no quisieras vivir en Alabama, porque por nada del mundo le habrías puesto Ansgar y Grete a tus bebés, porque en su cuerpo hay ocho nuevos kilos desproporcionadamente distribuidos que te hacen difícil recordar la cara por la que durante meses cantaste Nothing Compares 2 U con lágrimas en los ojos manejando a la prepa. Entonces piensas en todos los caminos que pudieron haber sido y no fueron, porque sólo existe uno, sólo existe este, sólo existe aquí, sólo hay un ahora. Dibujas una sonrisa a ese a quien tuvieras que bloquear en facebook para prohibirte stalkearlo y le felicitas por su familia y su trabajo y sus hermosos bebés traídos a ti por un iPhone cuyo carrete de fotos no tiene espacio para algo distinto a ese par de tiránicos Pampers que ahora rigen por completo su vida. Te excusas y le dices que tienes que volver a tu mesa porque tu pareja seguramente te está buscando, aunque sabes que es mentira, porque realmente nunca lo hace, nunca te busca. Tal vez sea por esa insoportable manera en la que logra convertirse en el centro de atención de todo lugar simple y sencillamente porque de su boca no dejan de salir palabras que cautivan a la audiencia y la hace querer más y más, mientras tú piensas en que te sabes su discurso de memoria, en que a ti ya no te impresionan su lista de interesting facts o su visión filosófica y elaborada sobre la evolución de las redes sociales en la vida contemporánea o esos touchés aparentemente improvisados que has escuchado en más de muchas ocasiones o su elocuencia tan savvy y postmo que te hace sentir que todos piensan que tú eres the one who got lucky with such an amazing lover. Aun así, caminas ignorando al mundo que te rodea y tan de prisa como el tráfico entre las mesas te lo permite. Y es que te urge estar a su lado, porque después de tantos amores y errores, tantas vidas y muertes, es con esa fascinante e igualmente molesta creatura con la que quieres estar. O tal vez no. Tal vez viniste sin pareja o trajiste a tu mejor amigo o a un date que te tuvieron que hacer para cumplir con los protocolos de esta sociedad; tal vez eres de esos pobres desafortunados que cuando escuchan alguna canción de Taylor Swift no tienen a quién dedicársela. But worry not, dear fellow, ‘cause this too shall pass. Because you will find it, of course you will; because you too have the right to go completely bananas about someone; because you too deserve to sing You Belong With Me out loud, drunk, bittersweetly happy at the office’s Christmas party, making a scene you won’t forget for the first quarter of two thousand and something. No worries, lovely human, ‘cause you will have it, too.
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Pronósticos. Probabilidades. Posibilidades. Causalidades. Se elimina casualidades, que esto no puede ser producto de ellas. Pienso en el director de orquesta que dirige esta exquisita sinfonía de la que tú y yo somos una nota más, porque si estamos aquí es porque, en menor o mayor grado, nosotros también somos partícipes de esta creación. ¿Cuántos factores tuvieron que ser acomodados en perfecto orden y armonía con el universo para que el concierto de esta noche pudiera cobrar vida? ¿Cuántas relaciones fallidas, cuántos planes frustrados, cuántos intercambios pospuestos, cuántos aparentes errores tuvieron que suceder en la novela personal de estos dos para que se haya escrito esta historia? Por eso pienso en el genio que logró acomodar cada momento y evento para culminar en esta obra maestra; en todo lo que tuvo que suceder para que Persona A -tan carismática y agradable a la vista, tan ligera en su andar, tan sonriente- caminara por el pasillo del tercer piso del campus justo cuando una Persona B peculiarmente pelirroja, fundamentalmente inadecuada, eternamente incomprendida y profundamente aburrida de las ecuaciones lineales observaba las montañas detrás de la ventana en ese lúgubre y lluvioso lunes. Y entonces la viera pasar. Y dejara de llover. Y saliera el sol. Se disiparan las nubes. Emergió un arco iris al fondo. Desaparecieron el resto de las personas. Aparecieran los pajaritos azules de Cinderella. El maestro de Álgebra se convirtiera en un corgi vestido de reno con un marcado sobrepeso. Se abrieron los cielos y de ellos bajara sobre un stage bastante improvisado con John Lennon acompañado por la Filarmónica de Berlín y comenzaran a tocar la mejor versión jamás escuchada de I Want You (She’s So Heavy). Persona B se unió a ellos y desafinó por completo la pieza, pero no le importó; hubo tal producción de endorfinas, serotonina y dopamina en su sistema que sufrió una placentera pero no poco mortal y fulminante sobredosis. Persona B murió y resucitó de manera simultánea ese lunes tal de tal. Pienso en ese infinito listado de pequeñas y aparentemente insignificantes experiencias, momentos y detalles, alegrías y tristezas, frustraciones, enojos y miedos, encuentros y recuerdos, navidades y cumpleaños, en todos esos instantes que fueron esculpiendo a cada uno de estos dos, en todo lo que sucedió en la vida de Persona B desde el cuatro de enero de mil novecientos ochenta y seis y Persona A desde una madruga de noviembre del ochenta y siete hasta ese preciso momento como para que al cruzarse, al él ver a esa celestial imagen que caminaba sin saber qué le estaba provocando- contemplar esa creatura que ignoraba todos los inconvenientes logísticos y técnicos que acababa de causar en El Paraíso, Spa & Resort Club al ser un complicado y burocrático proceso este de sacar a John Lennon de su rutina diaria solo para que bajara a cantarle una pieza a esa que ni siquiera le prestó atención a su performance- al verla andar por el mundo sin prisa y sin pausa, en la vida de Persona B todo hiciera clic y dejara de pensar en Kant y Platón y Freud; se olvidara de las cuestiones filosóficas y existenciales del ser humano que durante toda la vida lo habían torturado; comenzara a fantasear con la idea de recorrer el mundo de la mano de esa creatura; se prometiera ser una mejor persona con tal de lograrlo, la mejor versión de sí mismo que jamás haya conocido. Entonces se volvió invencible. Y dejó de comer hamburguesas y pizzas y se puso a dieta y tiró sus camisetas de Pink Floyd y pretendió volverse un hombre serio y tomarse enserio y se propuso dejar de fumar y de tomar cerveza y levantarse a correr todas las mañanas a pesar de que es una puta hueva levantarse a correr todas las mañanas después de que difícilmente lograra conciliar el sueño por estar pensando en cómo sería la vida con ella; por estar planeando hacer un maratón de Wes Anderson todo un sábado con ella; por cantarle en su cabeza todas las canciones de los Beatles, incluso las que no hicieran sentido; por imaginar lo increíble que sería irse a estudiar al extranjero juntos; en cómo se verían sus fotos por París en su facebook, en los comentarios y likes de tres dígitos que esos posts alcanzarían because she’s so fucking adorable that everybody likes her, my God; en cómo sería perderse en las carreteras de Reikiavik a su lado porque en 2008 -año en el que comenzara toda esta ensoñación- Google Maps todavía no era tan esencial y funcional como para indicarle cuál era el camino que debía tomar, aunque nunca lo necesitó en realidad porque él sabía perfectamente a dónde quería ir y cómo iba a llegar; en cómo hacerla ver que su plan era perfecto y que tenía que sumarse a él. Y es que, de un momento a otro, todo tuvo sentido. ¿Y cómo no lo iba a tener si acababa de descubrir eso que a lo largo de la historia de la civilización el hombre ha buscado pero muy pocos han logrado encontrar? Ella, por su parte, nunca se ha caracterizado por ser la persona más asertiva del mundo -y qué bueno, porque él lo es tanto que de lo contrario dudo que estuviéramos aquí-. Por supuesto que no fue tarea fácil; que ella no es una niña simple; que, para fortuna de todos nosotros, él es un necio; que sólo esa mezcla tan contradictoria de elementos podía lograr que esas utopías de adolescentes dejaran de verse tan lejanas y se convirtieran en ideas que se volvieran motivos para despertarse cada mañana para crear y crecer juntos y conocer y querer ser una mejor persona de la que fueron el día anterior. Porque eso es lo mínimo que el otro merece; porque esta es la filosofía de este dúo; porque eso es lo que uno hace por su equipo.
Pronósticos. Probabilidades. Posibilidades. Causalidades. Pienso en ellos. Son bastantes. Demasiados. Un chingo, diría yo, los necesarios para tenerte leyendo esto, celebrando esta noche, cantando canciones que nunca cantarías en la sobriedad. Y al mismo tiempo no, porque, al final del día, sin importar las condiciones climáticas, la arquitectura del cosmos, la voluntad de las fuerzas divinas que rijan el destino universal, en ninguna realidad alterna las cosas habrían sido distintas para estos dos.